Una máquina de retratar amores

Una máquina de retratar amores

10 marzo, 2019 0 Por Reconquistaenfoco

Tras escribir éxitos televisivos como “Rolando Rivas” y “Piel naranja”, se quedó sin trabajo y fue incluido en una “lista rosa”. En una flamante biografía de la investigadora Liliana Viola, se revelan detalles sobre: ¿por qué fue prohibido en la dictadura?. Migr´falleció un día como hoy en 2006.

La escena que sigue pudo haber ocurrido entre noviembre y diciembre de 1980. En enero del año siguiente la anécdota aparece relatada por el mismo Migré en varias entrevistas.

Entró a una oficina de correos del barrio de Caballito, tenía que despachar correspondencia para Chile. No era la primera vez que vendía alguna de sus historias a ese país. (…) Le acaban de confirmar, de muy buena fuente, que el tiempo que tardan en responderle sus llamados en todos los canales, es una excusa para no tener que decirle en la cara que no lo van a atender. Está prohibido contratar a Migré. Orden de arriba.

–¿Ese no es Migré?

Las señoras en la fila se intercambian codazos hasta que una al final se anima y lo saluda. Inmediatamente se suman las demás.

–¿Cuándo vuelve a la televisión?

–Pronto, muy pronto.

Alberto Migré, de pie, en el centro, rodeado por su elenco, como acostumbraba. Aquí en “Como somos”, por Canal 11, en 1984.

(…) Hay algo que es cierto: sus últimos trabajos no gustaron. No fue un éxito Chau, amor mío en 1979 por Canal 13, a pesar de la dupla infalible –Soledad Silveyra y Arnaldo André– y mucho menos gustó Fabián 2 Mariana 0, con dupla probablemente equivocada –Arnaldo André y María Leal–, su oportunidad perdida de saltar con gloria del blanco y negro al color por ATC, donde lo había convocado junto con un seleccionado de infalibles para la programación de este nuevo proyecto catastrófico de la dictadura, Argentina Televisora Color. Pero lo bajaron a los pocos meses. Se fue al grito de “¡Si así manejan un canal, no quiero saber cómo manejan un país!”. El nuevo Canal 7 se había convertido en una sociedad anónima, pero del Estado, con un directorio integrado por oficiales del Ejército, la Armada y la Aeronáutica. Y cuando lo criticaron por haber puesto a mujeres jugando al fútbol, mandó a echarles “una mirada a todas las villas que tenemos en este país a ver si no están llenas de pibitas pateando la pelota”. No se hablaba de villas en la dictadura. Ni de cosas raras, como chicas medio masculinas que hacen cosas de muchachos. Pero no se le podía echar toda la culpa a ATC ya que en los mediodías de la misma pantalla, la historia de Rosa de lejos, dirigida por María Herminia Avellaneda, con Leonor Benedetto como protagonista y basada en Simplemente María de Celia Alcántara, se volvía de culto por segunda vez. Mirtha Legrand arrasaba con el rating. A la tarde Andrea del Boca conseguía otro prodigio: pasaba de su cándida niñez a una adolescencia de labios carnosos con Señorita Andrea, la huérfana que se cura de un misterioso tumor apoyada por el amor de Raúl Taibo, escrita por Alma Bressan.

“A Alberto le gustaba mucho hablar de amor, pero del amor de los demás. Jamás del propio.” (Zulma Faiad)

Los fracasos nunca lo amedrentaron, siempre le funcionaron como alertas para rectificar el rumbo. “Hay telenovelas que se hacen solas, otras crecen, enfrentan al autor, le dan falsas pistas. Hay que estar muy atento para no dejarse engañar por personajes y situaciones, la inspiración no es una tía que viene cuando uno la invita.” Los fracasos actúan como sus asesores fantasmas.

–¿Por qué no vuelve a la tele? ¡Se lo extraña!

–Pronto, pronto.

Se las saca de encima firmando autógrafos y cuando llega a la ventanilla, el único que no ha levantado la vista es el empleado que lo va a atender. La chica que está en el otro mostrador le llama la atención: –Che, ¿no ves a quién estás atendiendo? ¿No lo reconocés? Pedile un autógrafo para mí.

Sin levantar la vista, el empleado le responde suficientemente alto como para que oigan todos: –No sé quién es, no lo conozco, yo no miro telenovelas.

Negado tres veces por el gobierno, por el público y por este insolente, pero sin olvidarse de que aún lleva puesta su corona, Migré pregunta en voz mucho más alta: –Y si no las mira y no sabe quién soy, ¿cómo sabe que escribo telenovelas?

Risas cómplices de su audiencia en la oficina de correos. Aplausos. El verdadero infiltrado –el hombre que se avergüenza de sus placeres– ha sido descubierto. Migré, a pesar de este pequeño triunfo que relata airado en las revistas, seguirá prohibido durante casi dos años, ha entrado en la lista rosa. Pero de eso no se habla.

Luego de la Guerra de Malvinas, en septiembre de 1982, los mismos autores de las listas negras comienzan a revisarlas, han dado la orden de que “se normalice la situación de dichas personas en forma gradual y armónica”. El gobierno militar, por esta misma época, improvisa una nueva camada de prohibidos, ahora decididamente en nombre de la protección de la moral y las buenas costumbres. Aquí es cuando se configura una lista sin nombres de individuos que están dando un mal ejemplo. Los afeminados, las masculinas, los maricas, las lesbianas. Es una lista que no osa decir los nombres y de hecho no ha merecido el horror que recibieron las listas negras. A los “infiltrados marxistas” hubo que construirlos, detectarlos y luego consignarlos por escrito para que nadie se confundiera. En cambio, para los invertidos, no es necesario una lista, a lo que son “se les nota”.

Nadie denunció en su momento la existencia de listas rosas, dicen los testigos y muchos de cuyos nombres figuraban entre los prohibidos. Es bastante comprensible: ¿quién iba a denunciar lo que terminaría siendo una revelación de su propio secreto y, en alguna medida, su propia vergüenza? ¿Quién iba a salir a defender públicamente a la víctima sin sacarla del clóset? El clóset entendido como un lugar de la vergüenza era un lugar de protección cuando estaban en vigencia los edictos policiales que daban facultad a los efectivos de “limpiar calles”, entrar en baños, fiestas privadas, hasta infiltrarse en rondas nocturnas y (¿simular?) el goce para traer en la boca una presa.Rolando Rivas, el taxista que paraba el país

¿Cómo vivía Alberto Migré una sexualidad de la que nunca hablaba? Según lo cuenta la actriz Zulma Faiad: “Le gustaba mucho hablar de amor pero del amor de los demás, jamás del propio. Una vez fui y le conté: ‘Alberto, tengo un problema, estoy enamorada de un hombre diecisiete años menor que yo’. El me pregunta: ‘¿Qué vas a hacer?’. ‘¡Vivirlo!’ Y ahí me dice: ‘¡Ay, pero por supuesto, Zulma!’. Le encantaban las historias con grandes diferencias de edad. Yo tampoco preguntaba nada. Si así estábamos bien, qué me importaba a mí lo que él no me quisiera contar”.

“Yo te puedo asegurar que Migré, cuando se enamoraba, se enamoraba. Era la persona más leal que conocí.” (Amigo anónimo)

Sus viejos amigos, que se niegan expresamente a entregar cualquier dato relacionado con su vida amorosa –incluidos los más radicales, que entienden que “no se debe hablar de lo que él no habló en público”–, exigen que se investigue el período en que los militares no lo dejaron trabajar y que para sortear la censura debió escribir con otro nombre (…) . “Alguien tendrá que hablar sobre la lista rosa de la dictadura.” Y sin temor a la contradicción dicen “lista rosa” con una voz en cuello que les escatiman no solo a los amores de Migré sino a palabras como “gay” y “homofobia” –por demasiado atemporales– pero también a “mariconería” o “pluma” por genuinas pero secretas, por absolutamente propias. Profanan el santuario donde tienen protegido al amigo y en nombre de “la lista rosa” desmienten las únicas declaraciones que el mismo Migré hizo al respecto más de una vez: “En esos años lo que pasó es que tuve un problema porque comparé el mal gobierno de ATC con el del país”.

También sería hacerle justicia que fuera tras el nombre de Alberto Migré –reflexionan en voz alta– que aquella inmundicia conocida en confianza como “la lista rosa de la dictadura”, saliera a la luz. Cada uno sugiere un nombre para reconstruir la cadena y cada nuevo nombre desliza un dato pero indefectiblemente todos dudan sobre si dar detalles. “Esto ponelo si es necesario… Pero fijate cómo hacer para que no aparezca que lo dije yo”, advierten actores, directores e incluso un hombre que se autodefine como ”la primera y única pareja con un hombre gay que tuvo Alberto”. Como si temieran a su ojo siempre atento, los testimoniantes anónimos dicen lo que sigue desviando la vista hacia el cielo raso o acercándose al grabador como ante un medium. No se sabe si ofrecen disculpas o piden una autorización.

Carlos Pacheco trabajó un tiempo con Migré. “Alberto me contrató como su representante cuando ningún autor tenía representante, pero no porque me necesitara, él sabía discutir muy bien sus derechos. Yo entiendo que fue un modo de agradecerme, un gesto mío porque lo hizo luego de un episodio que ocurrió en aquellos años en que no lo dejaban trabajar. Cuando la situación económica se le hizo dramática, un día les echó una mirada a esas famosas estatuillas de los 9 de Oro que tenía guardadas en la vitrina del comedor. Los 9 de Oro era un premio que entregaba cada fin de año Alejandro Romay en una ceremonia similar a la de los Martin Fierro, aunque de menor escala, era un show que ocupaba todo un programa especial. Migré, por supuesto, había ligado más de uno en tantos años de trabajo en ese canal. ‘¿Y si fueran de oro verdadero?’ Era un disparate pensar eso, pero la desesperación lo hizo ilusionarse. Obviamente él no podía ir personalmente a la calle Libertad o a ningún coleccionista a tratar de venderlos. Así es que me pidió si no podía intentar venderlas yo. Lo que descubrimos fue algo increíble. (…). ¡Los 9 de Oro eran de oro! Los vendí. En agradecimiento, cuando volvió a trabajar, a todas las reuniones sin falta me hacía ir con él y me daba un porcentaje(…)”.

Otro amigo, que prefiere mantener el anonimato, cuenta: “¿Un defecto de Alberto? La lealtad. ¿Eso no es un defecto dice usted? Bueno, depende. Si porque te enamorás de alguien y resulta que ese alguien es un mal tipo, que te roba, que vende droga, que traiciona a sus compañeros, que va preso y vos aún así lo defendés, vas a verlo a la cárcel, le llevás cigarrillos, sacás la cara por él cuando todo te dice que está perjudicando el trabajo de los demás, eso es lealtad y es un defecto. Si encima lo hacés en esos años donde los homosexuales estábamos en la mira de la policía, por ahí es que creés que no te va a pasar nada porque sos Migré. Y yo te puedo asegurar que Migré cuando se enamoraba, se enamoraba. Los candidatos no eran muy leales a sí mismos, ya que no le conocí ninguno que fuera declaradamente homosexual. Y yo te puedo asegurar que Migré es la persona más leal que yo conocí”.

(Extractos del libro Migré. El maestro de las telenovelas que revolucionó la educación sentimental de un país, de Liliana Viola).